La avellana catalana atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia reciente, con una fuerte caída tanto en superficie cultivada como en producción. En las últimas décadas, el cultivo ha retrocedido drásticamente, pasando de decenas de miles de hectáreas en los años 80 a una cifra muy inferior en la actualidad, con una tendencia que sigue a la baja.
En los últimos cinco años, el escenario se ha agravado aún más: la superficie cultivada ha disminuido cerca de un 30%, mientras que el rendimiento de las explotaciones ha caído hasta un 70%, principalmente debido a la sequía y a los efectos del cambio climático.
A este contexto se suma la falta de relevo generacional y las duras condiciones del trabajo agrícola, factores que están acelerando el abandono de campos o su reconversión a otros cultivos. La situación es especialmente delicada en zonas históricas de producción como Tarragona —donde se concentra la mayor parte del sector— y en pequeños núcleos de Girona.
Productores y representantes del rubro advierten que la combinación de estrés hídrico, aumento de temperaturas y problemas sanitarios está afectando tanto la cantidad como la calidad de la cosecha. Esto ha impactado incluso en productos con denominación de origen, que no siempre logran cumplir los estándares exigidos.
Pese a este panorama, el sector busca alternativas para mantenerse activo, desde la diversificación hacia productos elaborados hasta iniciativas de promoción local. Paralelamente, las autoridades han comenzado a impulsar un plan estratégico orientado a frenar el declive, mejorar la sostenibilidad del cultivo y asegurar su continuidad en el tiempo.
El futuro de la avellana catalana, sin embargo, sigue abierto y dependerá en gran medida de la capacidad de adaptación frente al cambio climático y del apoyo que reciba un cultivo considerado parte del patrimonio agrícola y cultural del territorio.
Para conocer en detalle el diagnóstico, testimonios y medidas propuestas, revisa la nota original: Leer artículo completo